Machismo lingüístico. Sí, pero institucional

Como buena procrastinadora especializada en perder el tiempo frente a una pantalla, Twitter posó ante mis ojos el siguiente tuit esta tarde:

Tuit RAE

La Real Academia Española conmemora este verano su tercer centenario y usan las redes sociales para mantener informada a la gente. Porque se han vuelto unos modernos y tiran de los 140 caracteres como el que más (pasan ya los 24.000 tuits – en incluso han admitido a diccionario esta palabrita tan pequeña). Pero por muy 2.0 que se pongan en la institución, la foto que adjuntan en ese mensaje muestra que en otros aspectos siguen tan retrógrados como en sus orígenes, allá por 1713 de la mano del marqués de Villena.

Durante este curso, mientras el grupo de mañana disfrutaba de lecciones básicas de Lengua (el uso del punto y coma y cosas parecidas), 5ºB de Periodismo aprendía en la asignatura de ‘Modelos y usos de la lengua española’ que la RAE permanece tan obsoleta como antaño en lo que a igualdad se refiere, por mucho que se hayan subido al carro de eso del interné. También que en cuanto a transparencia con respecto a sus cuentas, tienden más bien a la opacidad, así vengan del erario público o de empresas privadas.

Una rama del feminismo en este país (o bajo este idioma) ha emprendido una batalla contra el lenguaje. Acusan al castellano de machista por el uso de terminaciones habitualmente masculinas para los neutros (una evolución que ha llevado siglos para situar al castellano en lo que es actualmente, desde que naciera como lengua romance hija del latín vulgar y prima de otros como el italiano o el francés). Estamos de acuerdo en que la posición de la mujer ha estado relegada a un segundo plano desde que el mundo es mundo y que ha costado mucho llegar a donde estamos. Sin embargo, poco se puede conseguir si como armas se emplea el uso del femenino en lugar de los masculinos y neutros.

Una parte de la lucha real la emprendieron las nueve mujeres que han logrado formar parte de los académicos de la RAE: la primera, Carmen Conde en 1979 (266 años después de la creación de esta institución, ya pasados unos años del fin de la dictadura), a la que siguieron Elena Quiroga (1983), Ana María Matute (1996), la historiadora Carmen Iglesias (2001), la científica Margarita Salas (2002), la filóloga Inés Fernández Ordóñez (2008), la escritora Soledad Puértolas (2010), Inés Fernández-Ordóñez y Carme Riera (2012).

Nueve mujeres entre más de mil hombres. Algo que no va a cambiar aunque lo escriba así “Nueve mujeres entre más de mil hombras”. Por el camino se quedaron otras muchas que lo intentaron, incluso en los tiempos en que la mujer no tenía aún ni derecho a voto: Emilia Pardo Bazán, María Moliner, Rosa Chacel, María Zambrano, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite. Nombres, quizá, de un primitivo feminismo sin conciencia de grupo, simplemente por el hecho de creerse (y estar) tan capacitadas (o más) que el resto de miembros de la Academia.

Pero aquí estamos, inmersos en pleno siglo XXI e invirtiendo más fuerzas en gritar a los cuatro vientos que el castellano es un idioma machista, peleando lenguaje inclusivo en mano, que en reclamar algún sillón más para unas posaderas femeninas.

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Acerca de Maje M.S.

Periodista. Tuitera casi compulsiva. La crisis que dicen que ya no existe me forzó a buscar el norte en el sur y a dejar de lado la vocación para sobrevivir.
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